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El niño había cumplido siete años, pero el día de su cumpleaños su padre no tenía recurso alguno para comprarle un regalo que pudiera dibujar una dulce y fresca sonrisa en el rostro de su amado hijo Pedro. La madre del niño había enfermado y se gastaron los ahorros en consultas y medicamentos, porque fueron muchos los días de tensión que sufrió aquella familia, pero gracias a DIOS Esther ya estaba recuperada de su dolencia; y aún faltaba una semana para que el padre volviera a cobrar y pudiera pagar algunos préstamos que recibió durante aquellos oscuros días. Pasaron tres días y llegó el domingo, entonces el padre le dijo a su esposa:
– ¿Negra, cómo te sientes?
– ¡Bien, gordito! –ella respondió con mucha ternura.
– Iré a la chacra del compadre Chami, me dijo que vaya para que me regale unos manís. Llevaré a Pedro
para que se distraiga un poco, María cocinará hoy.
– ¡Vayan con cuidado! –dijo Esther.
Gabriel salió con su hijo rumbo al sector agrícola Vichanzao. Pedro iba muy contento correteando por el campo y cuando estaban por llegar a la parcela del compadre Chami, vieron un letrero que decía: “Se venden cachorros”. Padre e hijo como llevados de la mano se acercaron y un campesino, amablemente los atendió y les mostró unos hermosos perritos motosos que estaban a la venta; nueve había parido la madre y sólo quedaban seis.
– Los estoy vendiendo a veinte soles cada uno, son perritos muy cariñosos y juguetones.
– Me parece un precio bastante cómodo –dijo el papá de Pedro.
El niño, con nostalgia se quedó mirando como jugaban los cachorros y el campesino percibió el tierno deseo del niño.
– Usted siempre viene a visitar a don Chami, ¿verdad?
– Sí –respondió Gabriel–. Es mi compadre
– Hagamos una cosa –dijo el campesino–, veo que su niño está interesado en llevarse uno de los cachorros.
– A mí también me gustaría que se lleve uno, pero no traigo dinero para comprárselo.
– Por eso –prosiguió el campesino–. Que su niño escoja el perrito que le guste, menos ese “cutito” que ya lo ha separado mi hijo, y ya cuando usted vuelva por acá me lo paga.
Pedro se alegró enormemente, mientras su padre estrechaba la mano del campesino:
– ¡Hecho, amigo! ¡Es usted muy amable! ¡No le fallaré! Pero si usted va a Laredo el sábado, allá le pagaré, anote mi dirección.
Pedro escogió el perrito que más le gustó y continuaron con destino a la parcela del compadre. Cuando llegaron, don Chami no estaba, había salido de urgencia y como en ese tiempo no había celulares, no se lo pudo comunicar a su compadre Gabriel; pero a su peón le dejó encargado medio saco de maní para su compadre. Luego de tomarse una jarra de agua entre los dos y darse un ligero reposo, padre e hijo regresaron a casa muy contentos; Gabriel con medio saco de maní sobre la nuca y Pedro con su perrito lamiéndole, cariñosamente, las mejillas.
Pasaron los días y el perrito fue creciendo, no lo sacaban a la calle, el canino sólo vivía en el corral. Un día que hubo un pasacalle, Mota, como lo llamaron,  se escapó del corral  de frente  a la calle; los niños y adultos que pasaban en la marcha, se quedaron maravillados con la belleza y zalamería de Mota; Pedro salió corriendo y lo hizo entrar, el perrito se fue de frente al corral.
A la hora del almuerzo, no se escucharon los ladridos de Mota.
– No veo al Motita –dijo Gabriel.
– Estará durmiendo –agregó Esther.
Entonces Pedro retirándose de la mesa se dirigió al corral en busca de su mascota y lo halló tendido sobre la chala que tenían para alimentar a sus cuyes, se acercó a hacerle cariño y su fiel amigo apenas movía la cola.
– ¡Papá! –Pedro gritó– Parece que el Mota está enfermo.
Gabriel  dejó  de  almorzar  y  fue  al corral.  Al ver al
perrito triste, lo cogió y dijo:
– Tal vez ha comido algo malo.
– No –respondió el niño–. No ha comido desde ayer. A no ser que haya comido algo cuando se escapó a la calle.
– ¿A qué hora fue eso?
– Cerca de las diez cuando la gente estaba desfilando en un pasacalle. Pero yo vi que no cogió nada del suelo.
– ¿Y la gente lo miró con atención?
– Sí, papa. Unos me pidieron que se los regale y otros me lo quisieron comprar.
– El Mota está con “ojo”, lo han “ojeado” –sonrió Gabriel–. Ahora lo curo a este motosito.
– ¿“Ojeado”, qué es eso papá?
Entonces Gabriel le explicó a su hijo Pedro que a las personas, a los animales o a algunas plantas, a veces se les “ojea”.
– Los animales –dijo Gabriel–, cuando son mirados con deseo, con cólera o desgano; reciben una energía negativa que los pone mal, se decaen y ese malestar le pasa al estómago o la barriga y luego se mueren. Los bebés cuando son mirados por personas que tienen carácter fuerte o mala energía, los niños y adultos que son mirados con cólera o energía negativa, son “ojeados” y sufren lo mismo que los animales. Las plantas también son “ojeadas”, cuando esto pasa ellas se marchitan y mueren, no se les puede salvar; en cambio a las personas y a los animales, si se les puede salvar.
– ¡Ah! ¿Y cómo se salvan?
– ¡María, hija! –Gabriel llamó– ¡Por favor, tráeme un huevo y un vaso con agua!
– ¿Cómo se salvan, papá?
– A los adultos –respondió su padre–  se les salva sacándoles chucaque de la cabeza o la espalda, ¿recuerdas cuando le saqué chucaque de la espalda a mamá?
– ¡Sííííííí!
María en seguida cumplió la orden de su padre.
–  A los bebés, los niños y los animales –continuó Gabriel, mientras con un huevo empezaba a sobar al perrito–, se les salva sobándoles con papel periódico o con un huevo por todo el cuerpo, empezando por la cabecita y terminando en la barriguita.  El papel periódico, luego de sobar al paciente, es quemado para destruir la mala energía. Al huevo, se le rompe y se le vacía en un vaso con agua; allí se ve si el enfermo ha tenido “ojo” o no; cuando no ha tenido “ojo”, el huevo se queda al fondo del vaso sin nada que pudiera llamar la atención; pero cuando el enfermo ha tenido “ojo”, salen, casi a la superficie, unas burbujitas sostenidas por unos hilitos de clara, desde la yema del huevo, que se pueden ver  a través del vaso como  si  fuese un castillo de cristal de cuentos de hadas, con puntitas elevadas al cielo donde se sostienen las burbujas del huevo; cuando el “ojo” ha sido fuerte o varias personas lo han “ojeado”, las burbujas son más abundantes y grandes; y cuando el “ojo” ha sido demasiado fuerte y además, o no siendo tan fuerte ni abundante, se ha pasado a la barriga, la clara del huevo sobre la yema se ve como una explosión y las burbujas como jaladas hacía el fondo del vaso. También se ve en el vaso si el enfermo ha sido afectado por un “ojo sonso”.
– ¿“Ojo sonso”? –Pedro preguntó sorprendido.
– Sí, hijo; “ojo sonso”, como lo oyes –respondió Gabriel–. Cuando el “ojo” no es muy dañino porque ha sido de una persona desganada o de un antojo poco intenso, se le llama “ojo sonso”.
El niño se quedó en silencio, mientras su padre luego de sobar por completo al perro, rompió y vació el huevo en un vaso con agua.
– ¡Mira, papá –Pedro exclamó–; el Mota ha tenido un “ojazo”!
– Felizmente te diste cuenta, hijo; sino el Mota no pasaba de este día.
Pasaron unas horas y el fiel amigo de Pedrito ya estaba correteando por todo el corral; fastidiando a los pollos y cuyes, que allí tenían.

(Libro: “Leyendas, mitos, historias y creencias”)

Agustin Alva

The author Agustin Alva

Escritor, promotor cultural y editor de textos literarios y no literarios.

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